
Me acuesto y suspiro. Un día normal, la misma rutina, repetida tantas veces que ya no sé si hoy es hoy, o ayer o mañana.
Me relajo y me dejo arrastrar al reino de los sueños, caigo por una profunda neblina negra para finalmente ver una puerta verde. Siempre me ha gustado el verde.
Tomo la ya gastada manilla, acciono la palanca y entro.
Adentro está él, yaciendo sobre un pedestal de mármol, la obra de mi vida, mi sangre, mi sudor en un cuarto que no existe.
Su cuerpo está incompleto, huesos se asoman por entre una maraña de nervios, venas y músculos. El torso está a medio completar, la piel ya cubre los hombros y el cuello, pero en el lugar donde debiera estar el estómago todavía se asoman pedazos de la columna vertebral. Brazos que terminan a la altura de los codos, deshaciéndose como una cuerda deshilachada, piernas, jóvenes y vigorosas, casi completas.
Al centro, su corazón, la primera pieza que cree, late vigoroso, como queriendo empujar a su dueño a la vida. Su cabeza medio abierta muestra los sesos, creados de sueños y algún día creadores de sueños.
Si creerme un dios, estoy orgulloso de mi obra a medio completar.
No podría ser más perfecta, cada parte creada con el máximo cuidado posible, una réplica del original pero hecho de nada. Un acto de creación espontánea, materia de los sueños moldeada.
El polvo es polvo y polvo será, pero él no puede darse cuenta de que la nada es él, y el nada será.
Me siento al lado de él, y luego de pensar un rato, decido que hoy he de crear las orejas de mi hijo. Cierro los ojos, y ante mí aparece flotando el lóbulo, y lo que habrá de ser el embudo que recoja los sonidos. En el extremo más angosto, un tímpano, delicado, diáfano, exacto, corona mi reciente creación. Sobre el tímpano visualizo una especie de caracola y varios conductos conectados luego a un nervio, que ya estaba presente en el hombre.
Abro los ojos, estoy agotado. Pero no puedo desistir, la parte más difícil está por venir.
En mi mente, el aparato que algún día ha de oír flota pacíficamente, el producto ya está imaginado, pero todavía no es parte de mi hombre. Primero tiene que transformarse en materia de sueños.
Luego de descansar un tiempo, cierro los ojos nuevamente.
Esta vez, tomo conciencia de mis alrededores, y noto que todo está impregnado en sueños, presentes en el suelo, el aire, la negra neblina fuera de la habitación e incluso en mi creación.
Con mi mente, tomo un pedazo de aire, y lo comprimo en la forma deseada, pero la materia resiste a perder su forma original. Hago un esfuerzo extraordinario, y mi frente se arruga mientras, a fuerza de imaginación, comprimo los escurridizos sueños en una oreja. De repente, la materia antes reacia a adoptar su forma se rinde ante mí, y acepta su nueva forma. Pegada a la cabeza del hombre, una oreja comienza a materializarse, y pequeñas pelotitas de carne surgen del aire y se pegan a la estructura original.
Al ver que mi trabajo de hoy está terminado, miro orgulloso a mi hijo inexistente, me dirijo a la puerta y nado hacia la conciencia, el descanso que significa estar despierto.
Abro los ojos y veo que hoy es un bonito día.
Perfecto para descansar.
Me relajo y me dejo arrastrar al reino de los sueños, caigo por una profunda neblina negra para finalmente ver una puerta verde. Siempre me ha gustado el verde.
Tomo la ya gastada manilla, acciono la palanca y entro.
Adentro está él, yaciendo sobre un pedestal de mármol, la obra de mi vida, mi sangre, mi sudor en un cuarto que no existe.
Su cuerpo está incompleto, huesos se asoman por entre una maraña de nervios, venas y músculos. El torso está a medio completar, la piel ya cubre los hombros y el cuello, pero en el lugar donde debiera estar el estómago todavía se asoman pedazos de la columna vertebral. Brazos que terminan a la altura de los codos, deshaciéndose como una cuerda deshilachada, piernas, jóvenes y vigorosas, casi completas.
Al centro, su corazón, la primera pieza que cree, late vigoroso, como queriendo empujar a su dueño a la vida. Su cabeza medio abierta muestra los sesos, creados de sueños y algún día creadores de sueños.
Si creerme un dios, estoy orgulloso de mi obra a medio completar.
No podría ser más perfecta, cada parte creada con el máximo cuidado posible, una réplica del original pero hecho de nada. Un acto de creación espontánea, materia de los sueños moldeada.
El polvo es polvo y polvo será, pero él no puede darse cuenta de que la nada es él, y el nada será.
Me siento al lado de él, y luego de pensar un rato, decido que hoy he de crear las orejas de mi hijo. Cierro los ojos, y ante mí aparece flotando el lóbulo, y lo que habrá de ser el embudo que recoja los sonidos. En el extremo más angosto, un tímpano, delicado, diáfano, exacto, corona mi reciente creación. Sobre el tímpano visualizo una especie de caracola y varios conductos conectados luego a un nervio, que ya estaba presente en el hombre.
Abro los ojos, estoy agotado. Pero no puedo desistir, la parte más difícil está por venir.
En mi mente, el aparato que algún día ha de oír flota pacíficamente, el producto ya está imaginado, pero todavía no es parte de mi hombre. Primero tiene que transformarse en materia de sueños.
Luego de descansar un tiempo, cierro los ojos nuevamente.
Esta vez, tomo conciencia de mis alrededores, y noto que todo está impregnado en sueños, presentes en el suelo, el aire, la negra neblina fuera de la habitación e incluso en mi creación.
Con mi mente, tomo un pedazo de aire, y lo comprimo en la forma deseada, pero la materia resiste a perder su forma original. Hago un esfuerzo extraordinario, y mi frente se arruga mientras, a fuerza de imaginación, comprimo los escurridizos sueños en una oreja. De repente, la materia antes reacia a adoptar su forma se rinde ante mí, y acepta su nueva forma. Pegada a la cabeza del hombre, una oreja comienza a materializarse, y pequeñas pelotitas de carne surgen del aire y se pegan a la estructura original.
Al ver que mi trabajo de hoy está terminado, miro orgulloso a mi hijo inexistente, me dirijo a la puerta y nado hacia la conciencia, el descanso que significa estar despierto.
Abro los ojos y veo que hoy es un bonito día.
Perfecto para descansar.
Este es realmente un "caramelo", aunque esta no sea una palabra adecuada para una profesora.
ResponderEliminarEVALUACION
El texto está muy bien logrado; es fluido y atractivo en su lectura; posee una distribución discursiva ordenada y un uso figurado del lenguaje adecuado, con figuras literarias, pero sin exageraciones. Esto hace que el texto sea simple y absolutamente bello en su simpleza.
Lamentablemente, la ortografía muestra un par de errores, lo que empaña el trabajo total. No hay que descuidar este punto, porque también demuestra dedicación, responsabilidad y logro académico.
NOTA: 6.9
FELICITACIONES!!!!!